real

Las opiniones son como los anos

todos las tenemos.

Eso no significa que se tienen que defender a capa y espada, o no siempre. A veces, es bueno poder dar un paso hacia atrás, separar la cabeza de lo otro y darse cuenta que la opinión de uno puede estar errada, o que puede haber opiniones distintas con los mismos derechos de existir.

En eso yace, por cierto, la diferencia entre la opinión y el ano. Por mucho que uno quiera, el ano se queda en su lugar por muchos pasos que demos, sin importar la dirección.

Es triste observar a quienes tienen paredes tan duras en la cabeza que se ofenden cuando se les cuestiona. Es aún más triste, trágico incluso, cuando se trata de alguien que supuestamente pelea en contra de la opresión y la propaganda. Tenemos noticias, compa – el opresor eres tú, que no dejas que nadie diga ni pío sin interponer tus propias ideas rancias acerca de cómo la revolución tiene que ser comunista y cómo Lenin es el epítome de la revolución.

Pero bueno, qué voy a saber yo. Seguramente en los anales de tu cerebro existen buenas razones para callar a quienes no comparten tu ranciedad.

War-po-la

Se fue, pero en buena compañía

Yo a Warpola lo vi en algún taller o en una cosa similar, pero lo conocí realmente cuando bailamos todos los presentes en una tradicional fiesta autóctona gitana en la Villa Oporto. Nadie ahí tenía canas aún en la cabeza, pero sospecho que en el alma varios. Conocí la geografía de Hermes, pero me quedé por la fauna neónida. La poesía para esa fauna siempre fue un modus operandi, más que un quehacer, o un pasatiempo, o un trabajo, o alguna otra cosa sin tanta importancia. Conocí a Horacio entre matorrales de libros y nombres crípticos de artistas que poca gente se esmeró en descifrar como él. Nos tocó hablar de muchas cosas rudas y otras no tanto, aunque más de las que no tanto y creo que los dos lo agradecimos, pero no hay duda de que cada palabra compartida fue para marcar un paso más hacia adelante. A veces nos echamos unos tragos, pero sin duda ninguno fue amargo en su presencia, sin importar lo duro que estuviera el líquido. En la literatura y en otras cosas hubo diferencias, pero siempre reconciliables, porque esa es la naturelza de su encanto, que no hay cosa que se quede en entredicho, y todo lo dicho queda tan claro que no queda nada más que la presencia. Si hay algo qué decir, se dice y se acaba ahí, sin ir más lejos. Si hay algo con qué quedar, es con que hay que decir más en verso, aunque sea de esos pinches versos sin rimas, y con métricas exóticas que luego cuestan, pero que se sienten y que se aprecian, como las palabras, y los gruñidos y los abrazos que intercambiamos con Horacio.

Si con algo nos hemos de quedar es con un pedacito, una fracción del ímpetu y del power de Warpola, de la furia punk y el amor por la palabra como la espada que rompe lo que parecía imposible de romper. Si algo le debemos a Warpola, es leer, leer, leer para escribir, escribir, escribir hasta que se escriban todas las palabras.